viernes, 13 de junio de 2008

A ciegas

-¿Por qué lloras?
-¿Yo? No, es mi corazón
-Y...¿no puedes controlarlo?
-No
-Entonces supongo que estás condenada
-¿A llorar?
-No, a sufrir.


Condenada a sufrir
liberada de sentimientos
cabizbaja la mirada
de lágrimas secas
de corazón rebanado
de labios entrelazados
y palabras evocadas.


Y te limitas,
y te extorsionas,
mas no fluyes,
como mar en olas
como viento en susurros
como amor en las venas
como muerte en el mundo.

Creciendo el miedo
marchitando esperanzas
golpeando puertas
de realidades distorsionadas
con notas en la escala
que se derraman sin melodía
que se escapan de las guitarras
y se esconden en violines desafinados
que se acaban en pianos sin teclado.

Sin decisión no hay batallas
sin corazón no hay razón
sin razón no existimos
sin existir
a ciegas para no volver hacia ti.

miércoles, 4 de junio de 2008

Tiempos inesperados


Ella estaba sentada en el malecón, sola, muy sola. Sentada en la banca, que convirtió de ambos, pensaba en lo difícil que sería volver a estar sin él y empezó a escribir, sin saber qué, sin saber para qué, por qué o por quién, sólo presionó el finepen negro contra la hoja en blanco y comenzó el ritual.

Y la soledad se sentó junto a ella, y se vio una imagen congelada; así, se veía su cuerpo sentado en la banca vestido en lo alto de blanco y por abajo un jean viejo desabrido, mas su vida se encontraba ya parada mirando al mar, diciendo adiós, quedándose y formulando la partida.
Sin sentido, sin coherencia, el texto más locuaz, tal cual su rostro caído sin poder reír, con las piernas temblando y los brazos cortados, con los labios quebrados y los ojos en la garganta, sin poder decir me voy, sin poder decir me quedo.

El mar se evaporaba a medida que ella lloraba, el mar se templaba cada vez que una lágrima chocaba contra el pasto muerto, y el espacio golpeaba el planeta y el planeta giraba sin tiempo y el tiempo se precipitaba a cambiar el color del cielo y el cielo...el cielo se mudó al techo de su habitación.

Como fotos, como cuerpos petrificados, una serie de movimientos lamentables colgados en la pared de la memoria, de recuerdos que persiguen, que corre y corre escapando de nada, ya ni recuerda por qué escapa. Y se arranca deseos y se encuentra sola de nuevo, sentada en la banca de aquel lugar de encuentros, con frío y muriendo, se sienta, prende un cigarrillo, inventa café y sonríe.

No está mal, lo inesperado ya llegará.